Liberi fatali.

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Cómo me gustan tus pequeñas alas.

Tan tersas, hechas de terciopelo,

y las arpas que suenan, cuando sonríes.

Me habría encantado, sujetártelas, al vuelo.

 

Quizás no me creíste.

Pobrecita niña, acostumbrada a la mentira,

te asustaste y me huiste,

en el momento del yo confieso.

Hiciste de esto un guerra,

y créeme, que no salí ileso.

 

No te preocupes, estaré bien.

Mientras, déjame que te mate.

Te enterraré en mi memoria,

y a ello lo llamaré recuerdo.

 

Cuánto me alegraré, si tú eres feliz.

Quiero que seas libre

… vuela alto. No lo olvides.

Tan alto que pueda verte, al salir el sol.

Aunque no levite a tu lado…

Aunque me parta el dolor,

cada vez que me guiñes un ojo

… al arrebol.

 

Llámame si llueve demasiado,

y se te mojaran las plumas.

Allí estaré yo, secándotelas

… susurro a susurro,

hasta evaporar las gotas

en todas aquellas cosas,

que nunca te dije.

Hasta desaguar mi boca.

 

Y una vez cumplida mi misión,

no te reconstruiré en mi abrazo, si no quieres.

Te daré impulsó, de nuevo, necesario;

para que hasta las Leónidas te acerques.

Aunque se me caiga el alma a cachos.

Aunque no me lo pidieres.

 

Celebraré de nuevo la partida,

cenando tu rastro agridulce.

Rezaré con que nunca más te caigas,

mientras me sirvo otro ron

-no vaya a ser que me recuerdes,

y me atraiga de nuevo tu olor-.

Tú, mi ángel de cielos indefinidos.

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